Columna de la comunidad: La forma de la esperanza
By Alberto Moreno, El Hispanic News
Nuestras vidas tienen una forma. El amor tiene una forma. El temor y la valentía tienen una forma propia. Y hasta la esperanza tiene una forma.
Hace cuatro años nuestro presidente nos invitó a salir fuera de la obscura sombra del temor y nos prometió regresarnos lo que habíamos perdido como un país: La Esperanza.
Y nosotros aceptamos esta promesa al votar por el primer presidente afroamericano en la historia de nuestra buena nación. Nosotros hicimos esto. Por la promesa de un mejor futuro para todos nuestros hijos. Afroamericanos, blancos, hispanos o asiáticos.
Esta promesa, entendimos nosotros, era íntegra. Sin censura, como la esperanza.
Y cumpliendo con nuestra palabra, lo alzamos y llevamos en nuestros hombros cansados hacia la Casa Blanca. Porque nosotros vimos en él reflejada toda la promesa de esperanza.
Y creímos en esta promesa hecha. Y hemos esperado. Madres y padres han esperado. Ochocientos mil de nuestros hijos, han esperado.
Por esta promesa de esperanza. Una promesa, confiamos nosotros, que estaría libre de deudas debido a los “pecados” de nuestros padres. Así es la rica tradición de este maravilloso país. Que esta pregunta fue, hace mucho tiempo, resuelta por nuestros padres fundadores: que las deudas del padre no serían impuestas en sus hijos.
Pero tres largos años pasaron. Y la fe empezó a fallar cuando se llevaron a nuestros padres, a nuestros abuelos y abuelas bajo la penumbra de la noche por hombres vestidos con capuchas negras y Kevlar. Cuatrocientos mil de ellos. Secuestrados sin un proceso legal debido. Tomados de sus hijos y puestos en prisiones inaccesibles construidas en las tierras ancestrales de nuestros primos, los orgullosos miembros de la tribu Tacoma.
Y sentados en nuestras mesas a la hora de la cena empezamos a preguntar: ¿Dónde está esta esperanza? ¿Dónde está esta cosa tierna que se nos prometió?
Y hasta los propios sueños de nuestros hijos empezaron a marchitarse en los campos de juego de nuestras escuelas.
Y ellos nos preguntaban: ¿Con qué propósito? ¿Por qué debo quedarme estudiando cuando hombres blancos poderosos imponen su propia voluntad para mantenernos fuera de los pasillos de nuestras universidades? Excepto como trabajadores de limpieza.
Y nosotros preguntamos, ¿hacia dónde se han ido los que hicieron las promesas? ¿Qué valor tiene una promesa que no se cumple?
Luego en una mañana gris de Oregón, escuchamos una voz en la radio. Crepitante y tentativa al principio. Transmitida a través de las grandes praderas de las Dakotas. A lo largo de la cuenca sin fin donde los búfalos una vez deambularon en cantidades innumerables y desconocidas. A lo largo del ancho y silencioso Río Columbia hacia la costa del Pacífico.
El Presidente. Nuestro Presidente. Eléctrico. Hablándonos. Hablándoles a nuestros hijos. Hablándoles a los Soñadores.
Ordenándoles a los hombres enmascarados vestidos con Kevlar negro que se detuvieran.
Recordándonos que no hay que confundir la fuerza con la grandeza.
Diciendo por fin lo que debió haberse dicho hace muchos años. Que este país, fundado por inmigrantes, es una nación demasiado grande para hacer que el temor sea su plan de acción. Que no se refleja la mejor parte de nosotros cuando el plan de acción de nuestra nación se convierte en la prosecución de sus niños. Que la verdadera medida de una gran nación, en vez, es medida por la manera en que tratamos y protegemos a los más vulnerables entre nosotros: a nuestros niños.
A todos ellos. Ya sean blancos, afroamericano, o hispanos o asiáticos…
Y nosotros escuchamos. A nuestro presidente, prometiendo abrir las puertas de nuestras universidades a TODOS nuestros niños. Regresándoles una promesa, un futuro, no medido…
Y en esta mañana gris de Oregón, nosotros por fin pudimos ver que la esperanza tiene un color, una forma, una textura. Que la esperanza tiene un nombre.
Dedicado a todos los Soñadores.
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