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La promesa de Oregón

 

By Alberto Moreno, El Hispanic News

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Alberto Moreno

Me soñé con él anoche — caminando hacia una arboleda de mangos con un azadón sobre el hombro. Es la mañana y la niebla se lo traga de tal manera que mi mente soñadora no lo puede seguir. Ahora él ya es un hombre viejo. Mi padre. Y él está de vuelta en su país natal. Las mejillas se le empezaron a encoger dentro de los huesos y hendeduras de su cara. Su manzana de Adán ahora cuelga como si la manzana ya no estuviera ahí. Él tiene una arboleda en mi sueño la cual él sembró, en esta temporada de su vida.

En mi sueño él vive en los campos de mariposas. Éste es el lugar donde fallecerá. En las afueras de Morelia, a la par del santuario de las mariposas.

Cada año millones de ellas emigran aquí. Las mariposas. Son como nosotros. Viajan miles de millas sobre montañas, a través de desiertos, cruzando ríos. Antes de regresar a su hogar para morir. Mi hermana se lo imagina como el guardián de las mariposas. Así es como ella se lo sueña.

Cuando le hablo por teléfono, lo escucho. Tratando de oír de cerca, viendo si puedo oír a las mariposas en el bosque. Uniéndose, revoloteando, copulando, pelechando, muriendo.

Lo veo caminando hacia el arroyo con un balde, el cual acarrea de regreso para regar sus pequeños árboles uno por uno. Y puedo ver en el ojo de mi mente su brazo derecho, el cual lleva a rastras como un apéndice inservible e indeseable.

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Él me dijo una vez que aún los siente. Los dedos. Los cuales ya no están ahí.

Ocurrió en la Fillip Metal Cabinet Company, en el lado oeste de Chicago. Él era un “Ponchpresman”, le decía a uno. Durante 20 años. Su empleo era alimentar esta máquina gigantesca y gruñidora con láminas de metal que un cilindro masivo luego formaría en gabinetes metálicos. Él hacía esto, día tras día. Luego un día, trabajando una jornada doble, se perdió en el baile de las máquinas y no quito la mano lo suficientemente rápido. Y el cilindro de 10 toneladas la cayó encima de la mano derecha, aplastándole y luego cortándole los cinco dedos de la mano.

Dios toma su tiempo para cobrar su precio. Y también los Estados Unidos.

La Fillip Metal Cabinet Company le dio a mi padre $5,000 dólares por sus cinco dedos. Y mi papá, bueno, es importante decirles que nos compró nuestra primera casa. Hecha de carne y hueso.

Para retribuirnos, creo yo. Por el hambre. Por las promesas que cumplió y no cumplió. Por otras cosas, también. Cuando nos dejó en esa bodega abandonada de lodo y paja. Para venir a este país.

Pero, 20 años después él compró una casa en 2049 N. Lavergne. Y eso hizo toda la diferencia.

Nosotros le dijimos adiós al edificio multiapartamentos lleno de cucarachas en la Calle Erie. Uno con un dormitorio sin baño para los siete de nosotros.

Y le dijimos adiós a los Latin Kings, al boxeo y a la violencia de dicho lugar por siempre. Y nunca volví la mirada hacia atrás.

Mi padre compró, con su arduo trabajo y sus cinco dedos, una vida diferente para nosotros.

Les cuento esto porque cuando esta nación toma este mes para celebrar el Mes del Patrimonio Hispano, mientras estuve de pie en el capitolio del estado con nuestro Gobernador mientras firmaba el documento proclamando nuestras muchas contribuciones, quiero celebrar a nuestros padres. En sus muchas maneras imperfectas.

Dejan tanto por detrás para traernos a este lugar. Para que salgamos adelante.

Nosotros dejamos tanto por detrás para venir aquí. Cultura tan antigua como las pirámides. El idioma de nuestra madre, hablado por primera vez a nosotros cuando aún estábamos en su vientre deficiente de hierro. Y nuestros dioses también. Nosotros los dejamos por detrás. Porque ellos no tienen documentos. No pueden venir con nosotros y los debemos abandonar. Se quedan inconsolables, nuestros dioses, como nuestros niños que debemos, muy a menudo, también dejar por detrás.

Entonces, ¿por qué venimos aquí si perdemos tanto?

Nosotros venimos aquí a este gran país porque creemos en la promesa de los Estados Unidos. Porque creemos en la promesa de este Gran Estado.

Una promesa que vi esta pasada semana cuando entré a través de las puertas de este gran salón. Una promesa que está labrada en los muros de nuestro capitolio del estado.

Una promesa que “Los recursos de Oregón serán justamente distribuidos para todos”.

No para algunos. No exclusivamente para la mayoría ni para los más poderosos. Sino para todos nosotros. De raza negra, blanca, o café.

Por eso es que venimos aquí. Porque nosotros creemos en la promesa de Oregón de igualdad para todos.

Este artículo está dedicado a José Carmen Moreno y Rafaela Moreno Martínez.

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Posted by on Oct 4 2012. Filed under Noticias Locales, Noticias Recientes. You can follow any responses to this entry through the RSS 2.0. You can leave a response or trackback to this entry

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